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y después del parto, el puerperio

En el blog de Sonsoles Romero, Respetar para educar, he encontrado este artículo que describe perfectamente lo que encuentra una mujer a la salida del hospital y en los meses siguientes. Lo copio íntegro, espero que os guste.

La vivencia de un puerperio es algo que sólo pueden conocer y reconocer las mujeres que lo han vivido.

Muchas mujeres, han parido, han tenido un bebé y se han saltado el puerperio sin darse la oportunidad de vivirlo plenamente, por el miedo al descontrol que acompaña típicamente esta etapa de las mujeres.

Lo ideal es tener la tranquilidad suficiente para sumergirse en las aguas puerperales, como bien dice Laura Gutman.

Tener una red de apoyos, una pareja, una estabilidad económica, amigos, familiares que sepan ocupar su lugar sin interferir.

El papel de los amigos y familiares debería ser el de la disponibilidad. Preguntar a la mamá qué necesita, poner una lavadora, hacer la comida y marcharse sin dar consejos ni interferir en la recién estrenada madre.

El papel del padre debería ser el de sostén emocional, el que trabaja, hace de enlace con el mundo y se preocupa de que no falte lo indispensable en su hogar. El padre debería erigirse en portavoz de las necesidades de su mujer y su hijo, animando a las personas que deseen ayudar a centrase en las tareas que necesitan hacerse y evitando todas aquellas visitas indeseables con excusas válidas para no ofender a nadie.

Este es el puerperio ideal y, aún así, la nueva mamá seguro que tiene momentos de frustración, cansancio, dolor físico o emocional al que cree no poder hacer frente en más de una ocasión.

Desgraciadamente, la mayoría de nosotras, nos enfrentamos al puerperio con una o varias carencias.

Muchas mujeres pierden a sus parejas durante el embarazo, se enfadan con su madre, se ven obligadas a convivir con una suegra con la que nunca tuvieron una estrecha relación, etc… Vivir el puerperio de este modo aún es más complicado psicológicamente, y si ya de por sí ésta es una etapa que se caracteriza por el llanto fácil, la vulnerabilidad y la labilidad emocional, en una situación poco favorable, se multiplica la hipersensibilidad de la nueva madre.

Para añadir más leña al fuego, hay personas que se empeñan en aconsejar a la nueva mamá que haga todo lo contrario a lo que le pide su cuerpo a gritos: no cojas al bebé, déjalo llorar o incluso, tienes que estar bien, quieras o no, puedas o no, tienes que estar bien porque si no tu bebé no está bien. Si te encuentras mal y necesitas llorar, no lo hagas, porque eso es malo para tu bebé. Y de esto último es de lo que me gustaría hablar.

Ciertamente, mamá y bebé están conectados, se influyen mutuamente, y también es cierto que cuanto mejor está la mamá, mejor se encuentra el bebé. Pero lo que no es cierto es que fingir encontrarse bien delante del bebé tenga algún efecto positivo en alguno de los dos. Si una madre se encuentra mal y necesita llorar, lo mejor que puede hacer es coger a su bebé en brazos, llorar con él mientras lo amamanta, mientras lo acaricia y le cuenta cómo se siente, mientras le da la seguridad de que ella está ahí, pase lo que pase. Hay un sentimiento, hay una emoción y mamá me coge y me la cuenta, le da rienda suelta, se desahoga, confía en mí. Si tratamos de ocultarlo, la percepción del bebé será la de que algo sucede, no sabe qué es, pero debe ser grave porque la tensión que percibe de una madre que intenta fingir todo el tiempo estar bien cuando no lo está, es superior a la tristeza o las lágrimas que pueda descargar en un momento determinado.

Cuando una madre toma a su bebé, llora, le habla y se desahoga, su cuerpo se afloja, todo su ser se va relajando al sacar fuera esos sentimientos. Y el bebé percibe cómo su madre cuenta con él, como se va relajando, como con sus palabras fluyen las emociones y mamá mejora poco a poco. Y además es un aprendizaje que no está de más empezar cuanto antes: expresar los sentimientos, ponerle nombre a las emociones. Es bueno y positivo para un bebé saber que, pase lo que pase, su mamá lo saca a la luz, le pone nombre, no lo oculta, lo afronta y cuenta con él para resolverlo.

Ser madre no es fácil, pero si además añadimos la dificultad de hacer caso a las voces que contradicen nuestros instintos, nuestras emociones y, en muchos casos, que se contradicen unas a otras, puede resultar una tarea casi imposible.

Ser sinceras y genuinas con respecto a nuestro dolor y nuestra tristeza es un alivio para nosotras y un regalo para nuestros hijos, tengan la edad que tengan.

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